“Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos”. Victor Frankl.
Amanece el que podría considerarse primer día de nuestra “nueva normalidad”. Y lo cogemos con ganas de reunirnos con familiares y amigos, de tomar una cerveza en una terraza, de sentir de nuevo esa libertad que no apreciábamos hasta que la vimos muy restringida.
Pero, aunque a simple vista todo parezca físicamente igual que antes, una suerte de tsunami invisible ha atravesado nuestras ciudades y ha hecho tambalearse nuestro estilo de vida y nuestra economía. Y precaución, que la tormenta sigue cerca y amenaza con una nueva ola si somos demasiado descuidados.
En cierto tenemos curiosidad por saber cómo será nuestro nuevo día a día, y deberíamos ajustar nuestras expectativas para no ser víctimas de desagradables sorpresas o de una enorme frustración. Porque en gran medida nuestra felicidad es proporcional a la distancia que separa la realidad que vivimos de nuestras expectativas.
Y aunque las ajustemos, en ocasiones la frustración será inevitable. Porque chocará con algunas costumbres y libertades que tenemos todos tan arraigadas por años y años de práctica. Y ahí entra nuestra resiliencia, un término que en estos tiempos se revela imprescindible y alcanza toda su magnitud. Nuestra capacidad de sobreponernos a estas las consecuencias de este tsunami y de volver a dibujar nuestro futuro. Un futuro que no hay virus que nos arrebate, y del que cada uno somos responsables. Hagamos que merezca la pena y que la enorme pérdida de vidas que hemos sufrido no sea en vano. Se lo debemos.